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Jueves, 20 Noviembre 2008 12:05:50  Tuxtla Gutiérrez, Chiapas México 


    






































    
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Epistolario. Armando Rojas Arévalo

Epistolario

Se acabaron los poetas

Armando Rojas Arévalo
armandorojasarevalo@yahoo.com.mx
armandorojasarevalo@prodigy.net.mx


Estimados cuatro lectores (que con mi primo Oscar ya son cinco): Los románticos de antes se referían de Chiapas como casi el paraíso, como vivir en un lugar bucólico donde lo más peligroso que podía ocurrir era encontrarse a una sirena tomando el sol recostada sobre una roca en Boca del Cielo (¡cuál roca si en Boca del Cielo no hay ni para tirar con resorteras!, me dirán con justa razón, pero, aclaro, así lo describo para hacer más idílico el escenario).
Los chiapanecos retozábamos con las musas a toda hora, porque no había nada que empañara la tranquilidad franciscana con que discurría la vida. Por eso hubo tantos poetas y no había editorial que le diera batalla a tanta producción literaria.
Las fiestas de barrio eran cosa de todos los días, con la música de marimba al vuelo y los cohetes que atronaban desde el amanecer. Uno entraba a la casa que quisiera  y como si fuera de la familia le servían trago hasta que cayera. Lo más bochornoso que ocurría es que dos borrachos se agarraran a trompadas y que sus respectivas mujeres se mentotearan la madre. Punto. Al otro día se saludaban con efusivo cariño.
Eran otros tiempos aquellos. Parece (perdón por el lugar común) que fue ayer. Hoy la cosa es distinta. Ir a una fiesta es como rascarle los evos al tigre, porque no sabes con quien te vas a topar. Tu vecino puede ser un Zeta o uno de esos nuevos ricos que andan comprando ranchos, casas y hasta tendejones para lavar el dinero.
¡Menos regresar a tu casa como antes, a deshoras de la noche y tan campante!
Antes el pobre que llegaba a rico era porque se sacaba la lotería o porque trabajaba de sol a sol. Hoy los ricotes surgen de la nada como hongos o como gremlins que les arrojas agua y se reproducen espantosamente.
Antes conocías al vecino y sabías cuándo le ponía o cuando somataba a la mujer; había hasta días prefijados para el prau prau y para darle una madrina a quien al otro día te servía el desayuno en la cama o te hacía la más curativa pancita para la cruda. El ruido de la cama oxidada o los gritos de la señora eran cosa de lo más natural y nadie te decía nada.
Mandas a tus hijos al antro y estás toda la noche con el Jesús Bendito en la boca suplicando que regresen con vida.
Chocas con una camionetona, de ésas que ya abundan y cuyo precio se cotiza en dólares, y te salen gorilas por todos lados con ganas de convertirte en fiambre en dos segundos.
Fíjense gentiles cinco lectores, ya no se puede ir tranquilamente al bar con la mujer o la musa, porque luego luego sale alguien grandote, botas de piel de víbora y cinturón de pitillo que te la quiere volar.
No, se acabó la tranquilidad provincial.
Los enfrentamientos están a la orden del día. No solamente salen a relucir las metralletas, sino también las granadas (no las frutas, desde luego, sino aquellas que te dejan como queso gruyere).
Lo que está ocurriendo no es privativo de Chiapas, pero hago alusión a nuestra tierra porque antes era de promisión y hoy es de intromisión. Por la frontera sur la gente pasa a territorio mexicano y los de Migración hasta les sonríen con gracia después de haber recibido el respectivo calentón de manos.
Nada más hay que ver cómo por el río Suchiate las balsas y las cámaras de llanta pasan con cosas y personas todo el santo día. Ni el combate de Chiapa de Corzo se ve tan pletórico de embarcaciones en el mero día de la feria. Es un ir y venir interminables. A ver, ¿dónde está la policía para evitarlo?
Lo mismo ocurre a lo largo de toda la frontera de Chiapas con Guatemala. Igual por Suchiate que por la selva, el contrabando de personas y droga es cotidiano.
Tuve un amigo -digo tuve, porque ya se murió- que renunció dos días después de haber asumido el cargo de delegado de Migración. Me confió que unas horas después de haberse sentado en el sillón recibió la visita de un chamaco que llevaba una caja de zapatos. Los ujieres lo pasaron de inmediato, porque ya lo conocían.
--Vengo de parte de doña fulanita o don zutanito a dejarle esto -le dijo el muchacho.
Al abrir la misteriosa caja mi amigo la encontró llena de dólares.
-¿Y esto? -preguntó
-Es lo que traigo cada mes- contestó el chavo.
Era la cuota por hacerse de la vista gorda.
Por supuesto mi amigo no lo recibió y al otro día dijo "patitas pa qué os quiero! El sabía que después de haber devuelto la caja sus días estaban contados.
Así se estilan las cosas, y por eso estamos como estamos. A don Felipe que dice que en esta guerra llevamos la delantera, hay que recordarle lo que los paisanos de Plácido Morales dicen: "calma Coita que vamos ganando".
Lo que lamento también -y me mucha nostalgia- es que ya no haya tanto poeta. ¡Y cómo no si las musas se espantaron con estos escándalos!...Ya no las encuentras ni para remedio.
 











 




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