- Después de seis años de abandono, el recinto vuelve a abrir sus puertas este próximo 5 de marzo, marcando un momento clave para la vida cultural de la ciudad
Cinthia Ruiz / Diario de Chiapas
Desde la entrada no había dudas; el Museo de la Ciudad se llenó de vida el Día de la Candelaria. Un espacio donde se celebraron las diferentes degustaciones de los tamales: “¿De cuál será su tamal?”. La pregunta se repetía una y otra vez en los pasillos del recinto, que en dicha fecha dejó atrás el silencio para llenarse de vapor, música y antojos.
Así arrancó la octava edición del Festival del Tamal Tuxtleco, la primera en realizarse dentro de este espacio cultural.
El recorrido comenzó entre ollas humeantes y mesas llenas. Bastaban unos pasos para notar que el tamal de chipilín parecía llevar la delantera: era el más pedido, el que salía más rápido, el que regresaba a las manos de niños y adultos por igual. Pero no estaba solo. Había tamales de los más conocidos y otros que sorprendían, esos que uno no imagina envueltos en hoja, pero que ahí estaban, esperando ser probados.
El aire se mezclaba con el aroma del café recién servido, el atol caliente y la masa cocida. Desde el centro del museo, la marimba marcaba el ritmo del festival. La música no solo se escuchaba: acompañaba, invitaba a quedarse, a sentarse, a comer despacio.
Familias completas caminaban de puesto en puesto. Padres grababan con el celular a sus hijos, que amenizaban el lugar desde el escenario. Otros disfrutando al elegir su tamal o dar el primer sorbo de atol. Otros se resguardaban del frío con una taza entre las manos, conversando, esperando su turno, compartiendo mesa con desconocidos.
En este festival no hubo edades ni prisas. El hambre y el gusto por un tamal no distinguen generaciones. Niños, jóvenes y adultos se encontraron en lo más simple: degustar, elegir, repetir.
Más que un evento gastronómico, el festival convirtió al museo en un punto de encuentro comunitario, donde la cultura no se observa a distancia, sino que se prueba, se huele y se comparte. Este tipo de actividades fortalece la identidad tuxtleca, mantiene vivas las prácticas gastronómicas locales y demuestra que el museo puede ser un espacio cercano, activo y lleno de vida.
Detrás de cada olla y cada mesa, estuvo también el trabajo de las brigadas culturales, que hicieron posible que el museo se llenara, no de vitrinas vacías, sino de personas, sabores y recuerdos.
Ese día, el museo no solo abrió sus puertas: abrió el apetito, la memoria y la convivencia.










