Ivonne Melgar
Hace 12 años el sí se puede foxista tenía un referente concreto. La arenga equivalía a decir “aunque parezca increíble, sí es posible sacar al PRI de Los Pinos”.
Con las intenciones de voto y la percepción social de triunfo a su favor, aquel belicoso Andrés Manuel López Obrador propagó la expectativa de que había llegado el turno de la alternancia para la izquierda.
Acuñó entonces un sí se puede ideológico resumido en su lema “por el bien de todos, primero los pobres”.
Tanto se ha movido la realidad nacional, que el sí se puede del priista Enrique Peña Nieto no se ha traducido aún en un sí puedo sacar al PAN de Los Pinos.
Tanto hemos cambiado en el último sexenio, que el AMLO de 2012 no ha vuelto a retomar aquel sí se puede a favor de los pobres.
Tan impredecibles y gelatinosos electores somos que la abanderada del partido en el poder, Josefina Vázquez Mota, se mueve en la filosa frontera de yo sí sé lo que los mexicanos quieren conservar y aquello que desean cambiar.
Si bien la arenga suena y busca dar ánimo a los seguidores de los tres candidatos, ninguno tiene todavía un sí se puede contundente e inequívoco que vaya de boca en boca, multiplicándose.
Ni Peña Nieto ni AMLO ni Josefina terminan de definir qué es lo que sí se puede prometer y qué es lo que sí se puede aspirar de manera colectiva.
De manera que a dos semanas de iniciada formalmente la carrera por la silla presidencial, ninguno ha decretado, ni siquiera en el terreno de la publicidad, una poderosa ilusión que contagie.
Hay sin embargo una promesa inevitable que los tres comparten a su modo y cada uno ya despliega desde su particular estilo personal: la de poner fin a la violencia criminal.
El tema de la inseguridad y su combate, pero sobre todo el de atenderlo con menos sangre, parece una salida fácil de la que todos quisieran echar mano.
No sólo eso. Todo indica que para ganar el primero de julio es obligatorio transmitir la confianza de que aún es posible terminar con la pesadilla, que sí se puede desde la Presidencia de la República parar la guerra.
Nada más falso. No hay facultades ni instrumentos que le permitan al titular del Ejecutivo Federal decretar el fin de los secuestros, de las extorsiones, de los ajustes de cuentas entre bandas, de su exigencia de pagos por derecho de piso, de los levantones, del dominio de las plazas por parte del crimen organizado y de la protección que éste tiene porque ha comprado policías, ministerios públicos y funcionarios.
Y sin embargo, la tentación de ofrecer salidas fáciles o retóricas está ahí rondándolos a todos.
Sin duda, quien aún alimenta la fantasía de que esto depende de la mera voluntad es AMLO.
“Nosotros vamos a serenar al país ofreciendo oportunidades de trabajo, creando una atmósfera de bienestar y atendiendo de manera especial a los jóvenes. (...) A ellos, antes de que caigan en las redes de la delincuencia, antes de que sean enganchados, se les rescatará y el gobierno les ofrecerá oportunidades de estudio y de trabajo”, detalló.
Frente a estas buenas, milagrosas y paternalistas intenciones del perredista, palidece la oferta de Josefina, descalificada por maternal, en tanto promete que cuidaría de los gobernados como de sus hijas.
Porque al amparo de esa metáfora, López Obrador se asemeja a un padre que solapa todo en nombre del amor de sus vástagos.
La República Amorosa, definió el denominado candidato de las izquierdas, “es honestidad, es justicia y es amor. En el caso que nos ocupa de la violencia y de la inseguridad pública, podemos resumir: abrazos y no balazos”.
A juzgar por el trato que se le da en los medios al candidato de la buena voluntad, nadie quiere hacer leña del árbol caído.
Por el contrario, Peña Nieto resultó ser el más calderonista de los tres. Porque en el tratamiento del asunto de seguridad, el puntero en las encuestas le apuesta a la continuidad.
Y es que el ex gobernador mexiquense puede presentarse horrorizado por la situación nacional, pero su receta en el tema no cambia en nada lo existente. ¿Qué ha prometido sustancialmente distintivo? Acaso su promesa de asignarle más presupuesto a la agenda correspondiente. Pasar del 1.5 al cinco por ciento del PIB.
Para mayores señales, en Veracruz, el candidato priista sostuvo que para “evitar especulaciones” quería dejar en claro que el Ejército y la Marina “se mantendrán en tanto no haya condiciones de seguridad”.
En su condición de candidata del partido en el poder, la presidenciable blanquiazul reivindica lo realizado por Calderón, pero pone el énfasis en la necesidad de obligar o exhibir a los gobiernos estatales omisos en el combate a los delitos como el secuestro y la extorsión.
Y con la promesa de disminuir la violencia, la panista habla de cambiar el referente de éxito: que no sea la detención o el abatimiento se los criminales, sino el clima de seguridad de las comunidades.
Si bien se trata de una propuesta realista y que asume el hartazgo de la gente frente a la violencia, todavía no se traduce en una idea convincente y sencilla.
Por eso suena ya el democrático, simple y deslavado sí se puede que acompaña la disputa del poder presidencial. Y sin embargo, es un grito que aún no cobra sentido.
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